Los límites del deporte, por Ignasi Taló

Tenemos palabras para todo. La última que he aprendido es Atychiphobia, un término médico utilizado para describir un miedo intenso e irracional al fracaso. Un ejemplo lo tenemos en Naomi Osaka, la talentosa tenista nipona que se siente aplastada por la responsabilidad. A sus 24 primaveras ha sufrido ya varios episodios de colapso por la excesiva presión y, desde hace meses, no levanta vanguardia. De hecho, si la empezó a aupar fue gracias a Caroline Wozniacki, tenista retirada, que ocupó el primer puesto del ranking mundial en 2010. Desde su posición de comentarista en el torneo de Miami declaró que Osaka no pasaría a la subsiguiente ronda.

No le faltaban razones. Osaka no había llegado a una final desde principios del 2021. Había pasado de los primeros puestos del ranking a la posición 85. Y delante la sorpresa de todos, llegó a la final. Las declaraciones de Wozniacki la liberaron de la presión. Ya no había nulo que perder. Ya no podía caer más bajo. Era totalmente huido. La única vía era ir cerca de hacia lo alto, porque cerca de debajo ya no podía ir.

Otro ejemplo de la magnitud de la presión en el deporte de élite lo encontramos en Simone Biles. Todos recordamos cómo se bloqueó el primer día de competición en las olimpiadas de Tokio. Tuvo la valentía de detener, expresar sus sentimientos, aceptar sus límites, rehacerse y retornar en el postrero día de la competición para triunfar un bronce. ¡Qué gran aleccionamiento nos dio sobre asimilar aceptar los límites! Este fue su razonamiento: el objetivo va más allá de triunfar y algunas veces, la mejor opción es retirarse. Porque el objetivo es disfrutar y retar. Y este es el camino correcto cerca de el éxito.

Otro caso sonado es el de Ashleigh Barty que, con 25 primaveras y número 1 del tenis mundial, anunció el pasado mes de marzo que se retiraba del tenis profesional. Dijo que estaba “absolutamente desgastada” y que físicamente no tenía “nulo más que ofrecer”.

La presión no es patrimonio exclusivo del deporte, se da en otros ámbitos, como la música. Olivia Rodrigo, la cantante de 19 primaveras y ganadora de tres Grammy, lo expresa en una de sus canciones: “Estoy tan cansada que podría dejar mi trabajo, comenzar una nueva vida. Y todos estarían decepcionados porque: ¿quién soy yo si no me explotan?”.

El deporte de élite ha pasado a formar parte del gran circo del espectáculo. Ya no hay aficionados, hay consumidores. El capital manda y tiene la última palabra. Si hay que meter más partidos en el calendario, se meten. Si genera más capital ir a retar la final de la Supercopa a Qatar, se va a Qatar. Si se puede inventar una nueva competición, porque aporta más capital, se inventa. El deportista deja de ser un fin en sí mismo, para convertirse en una alcoba más adentro de este circo. Y pasa a ser explotado, por mucho capital que gane.

Presión, explotación, éxito, fracaso, triunfo y dignidad, un cóctel que da para mucho debate.

Quizá la esencia para encontrar la alternativa es que el deportista no se coma a la persona. Lo expresó muy proporcionadamente Andrés Iniesta cuando dijo: el futbolista se va, se queda la persona.

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